Quien me conoce, sabrá que yo comencé en el mundo laboral en cibercafés. He pasado por tres locales, pero del que mejores recuerdos tengo es de Netxero, el primero-último en el que estuve (comencé a trabajar ahi, me fui a otros dos ciber y luego me pidieron que volviera). Los bellos recuerdos no son por el acogedor ambiente laboral (¡de acogedor no tenía nada!) sino porque en esos tres pisos acumulé muchas anécdotas que a estas alturas me traen risa, pero que en su momento me daban ganas de sacarles el cráneo por la boca a esos clientes tan idiotas que tenía. ¿Quieres un par de anécdotas? Aquí hay algunas que recuerdo.
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Mayúsculas: Una señora ocupó un PC y después de un largo rato se dirige hacia mi con una tremenda cara de enojo.
– ¡Tu computador está malo! ¡no vuelvo nunca más.
– ¿Qué problema tiene?
– ¡¡¡Tu teclado sólamente escribe en mayúsculas!!!
– …
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La silla automática: Cuando estaba aburrido y entraba un nuevo cliente, se me ocurría jugarle una bromita. El ciber tenía 3 pisos: el primero donde estaba la caja (y yo atendiendo) y en los otros dos habían computadores, vigilados por una cámara de seguridad en donde yo podía ver todo lo que pasaba en los pisos. Todos los equipos estaban bloqueados y el desbloqueo lo hacía yo desde el Servidor.
– ¿Cuál PC ocupo? -me preguntaba inocentemente el cliente.
– ¡El que quieras! Es automático: tú te sientas en la silla y el equipo se desbloquea solo.
El cliente me miraba incrédulo y subía a los pisos, mientras yo vigilaba atentamente la cámara de seguridad para ver dónde se sentaba, y al momento exacto en el que depositaba su humanidad en la silla, ¡plin! el PC se desbloqueaba por (mi) arte de magia. Luego de eso miraba muerto de risa la cara de asombro del cliente y cómo buscaba algún cable conectado a la silla para ver cómo funcionaba la magia… ¡Que malvado soy!
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La convención: De la nada entra una mujer despampanante, tremendamente arreglada y con unas curvas que dejarían a cualquiera boquiabierto… exageradamente arreglada y pintada. Entra al ciber con cara desorientada. Intenta hablar por teléfono pero parece que nadie le contesta. Se acerca a mi, me mira con sus ojos ultrapintados y me pregunta…
– Disculpa, ¿sabes dónde es la convención de travestis? -con una voz ronca que me dejó marcando ocupado.
– Eeeehh… eeeehhh… no, ni idea.
Y se fue. Por un largo rato quedé en estado de shock…
El ciber finalmente quebró pero yo alcancé a saltar a tiempo a otro trabajo. Ahora no queda nada y, junto con esas paredes agrietadas a causa del terremoto, también se terminó la experiencia de lidiar con gente de dudoso coeficiente intelectual (para más detalles sobre el ciber, échale un ojo a
estas entradas).
Hoy en día son otro tipo de clientes, quienes lanzan fuego por la boca y comen gente. En mi trabajo una de las tantas funciones que tengo es contestar el teléfono, y al tratarse de una distribuidora, el 90% de las llamadas que recibo de los clientes son por quejas… y yo con una paciencia de oro tengo que aguantar llamada por llamada. El promedio de las llamadas de mis nuevos clientes furiosos son algo así:
– [Nombre de la empresa], buenos días.
– ¡Buenos días! ¡quiero quejarme porque no me llegó el producto que tanto esperaba y bla bla bla el vendedor me dijo que bla bla bla y yo confiaba que blablabla porque cuando bla bla bla…
– Señora…
– …profesionalismo que ustedes bla bla bla y yo necesito el producto!
– Ok, necesito su Rut para buscar su factura.
– Siete millones, doscientos cuarenta y… ¡además que en el local del lado bla bla bla la competencia me ofrece bla bla bla…
– SEÑORA, necesito su Rut, por favor…
– Perdón -me da su Rut completo y yo la busco en el sistema-. Ok, tengo sus datos, voy a realizar las gestiones para hacerle llegar una Nota de crédito por el val…
– ¡Es que los transportistas son unos ladrones que…
– …valor del producto con el vendedor -levanto la voz para que me escuche.
– …la primera vez que me pasa.
– SEÑORA, le doy mi palabra que solucionaremos su problema -ahi la paciencia se me acaba y trato de darle cortada.
No hay como mis anteriores clientes… eran un tanto idiotas pero al final uno termina riéndose de los recuerdos que le dejaron. Los clientes de ahora son más negativos y más amargados, pero debo tratarlos con cariño porque ellos financian mi sueldo.
Están muy buenas tus anécdotas y las comparaciones de ambos tipos de clientelas, a veces es un poco triste recordar, porque por como lo cuentas fueron no tan malos momentos.., me hace recordar mi profesión tratar con niños es un mundo distinto, no te critican, se ríen de tus chistes malos y su inocencia, ahora darle clases a universitarios es otra cosa, son crueles y siempre ven lo malo.. en todo caso me gusto tu post!
Saludos!
A propósito, como va tu dieta? ^^